EN BUSCA DE LA FELICIDAD

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La felicidad tiene la mala costumbre de eludirnos cuando la buscamos ciega y afanosamente. Diríase que cuanto más la perseguimos, más se oculta en los entretelones de nuestra existencia. Repasando las definiciones de felicidad que han circulado durante milenios, pareciera que la dificultad se debe paradójicamente a su natural sencillez desprovista de todo artilugio. ¿Cómo es que luego de tantos intentos de teólogos y filósofos por dilucidar el problema y de los incontables libros de autoayuda que se publican cada año sobre el tema todavía no damos con la fórmula?

¿Realmente es fácil ser feliz?

Reflexionemos sobre las palabras de Abderramán III, emir y posteriormente califa de Córdoba en el siglo X: «Llevo más de cincuenta años reinando, en victoria o paz, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, han aguardado mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. Y en todo este tiempo, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he vivido: suman catorce».

¿Solo catorce? Si un hombre de su categoría apenas encontró motivos para ser feliz, ¿qué esperanza nos queda a nosotros, vulgares plebeyos? Dicen, no obstante, que en una casa pequeña cabe tanta felicidad como en una grande, y que la felicidad no se puede asir con las manos, sino que se lleva en el alma. Quizá por ahí va el agua al molino.

Dios desea que los creyentes seamos felices: «Feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor»1, proclamó el rey David con confianza. De todos modos, la desdicha a veces nos embarga, y no acertamos a saber por qué.

Quizás el problema radica en que asociamos la felicidad con un destino, una estación a la que arribaremos cuando cumplamos determinado objetivo, nos tomemos esa anhelada vacación, adquiramos esa casa de ensueño o consigamos ese codiciado puesto de trabajo, o incluso cuando nos saquemos la lotería. La verdad simple y desnuda, sin embargo, es que la felicidad se encuentra en las experiencias que tenemos a lo largo del camino a medida que vamos acercándonos a Dios y tendemos una mano amiga a los demás. Más que ser una meta en sí, la felicidad es consecuencia de vivir en armonía con Dios y el prójimo.

Eclesiastés 3:13 (NVI) y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes.

1 Pedro 3:14 (NVI) ¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! «No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar.»

Salmos 37:3 (NVI)
Confía en el Señor y haz el bien;
establécete en la tierra y manténte fiel.

Tomado de: http://es.letjesushelpyou.com

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